Cuando empecé a escribir

Cuando mis palabras volaron al universo

Creo que una parte de mí empezó a respirar el día que descubrí la rima y la prosa.

Fue en mi sophomore year, en esa etapa donde una todavía está tratando de entender quién es, qué siente y por qué hay cosas que pesan tanto por dentro. Yo no sabía exactamente cómo explicar lo que traía cargando. A veces ni siquiera sabía ponerle nombre. Solo sabía que había algo dentro de mí que necesitaba salir.

Entonces llegaron las palabras.

Primero fueron versos sueltos, frases que aparecían como susurros en mi mente. Luego vinieron las rimas, los poemas, la prosa. Y sin darme cuenta, encontré una forma de desahogarme. Cada línea se volvió un lugar donde podía dejar mis penas. Cada poema era como abrir una ventana en medio de un cuarto oscuro.

Escribir se convirtió en mi manera de descargar el alma.

Cuando no sabía con quién hablar, escribía. Cuando sentía que nadie me entendía, escribía. Cuando el dolor se me hacía demasiado grande para guardarlo en silencio, lo ponía en papel y lo soltaba al universo, suplicando que de alguna forma me escuchara.

Mis palabras volaban lejos de mí, cargadas de tristeza, preguntas, esperanza y fe. Yo no sabía si alguien allá arriba las recibía, pero escribirlas me hacía sentir menos sola. Era como mandar cartas invisibles al cielo, esperando que en algún rincón del universo alguien entendiera lo que mi corazón no podía decir en voz alta.

Mis poemas no eran perfectos, pero eran míos. Eran honestos. Eran pedacitos de mí tratando de sobrevivir.

La rima me enseñó que hasta el dolor podía tener ritmo. La prosa me enseñó que mis pensamientos también merecían espacio. Y con el tiempo entendí que escribir no era solo juntar palabras bonitas. Para mí, escribir era sanar poquito a poquito.

Era llorar sin hacer ruido.

Era gritar sin levantar la voz.

Era contar mi verdad sin tener que pedir permiso.

Desde entonces, la escritura ha sido una compañera. Ha caminado conmigo en mis días más pesados y también en los días donde vuelvo a encontrar luz. Mis poemas han guardado mis lágrimas, mis recuerdos, mis preguntas y mis ganas de seguir.

Hoy, cuando escribo, no solo escribo para desahogarme. También escribo para recordarme que sobreviví. Que todo eso que alguna vez me dolió también se convirtió en voz. Que mis penas no se quedaron atrapadas dentro de mí, porque encontré una manera de soltarlas.

Por eso este espacio existe.

Porque un día una muchacha descubrió la rima, abrió su corazón en una hoja, y dejó que sus palabras volaran al universo.